Llueve. Un matiz azul reflejado en una gota de lluvia. Se revela, vibra, se torna violáceo. La intensidad de los destellos la precipita. Cae, vuela, nada en sí misma, el sol la convierte en fuego. Cambia, renace, sigue cayendo. Pronto acabará su fugaz viaje. Deja de ser transparente, se apaga. Vislumbra su final. Y al llegar, cuando ha de convertirse en nada, pasa frente a tus ojos. Sólo por eso, por asomarse al mundo de tus iris, cada día, en algún lugar, llueve.
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