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¿Bailas?

Bailarina

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- ¿Bailas?

- Me encantaría, pero estoy anclada al suelo. No puedo hacer más que ver a la gente pasar.

- Vaya… Yo que puedo moverme, no hago más que dejar atrás a gente que sólo desea echar raíces.

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P.S.: La fotografía es Perpsícore, la musa de la danza, de Salvador Dalí (Euskalduna – Palacio de Congresos y de la Música, Bilbao).

Nacimiento

Enhorabuena a los recién ascendidos a la categoría de “papis”. Ya tengo ganas de veros a los tres, porque de alguna forma, vosotros también habéis renacido.

Al resto de lectores, para que esto no quede tan vacío, os dejo un fragmento de un texto antiguo:

Vaciando el seno derecho de su madre, sonreía, cerrados los ojos, a un punto indefinido del mar que rellenaba todas y cada una de las ventanas del hospital.
El padre de la nueva y tierna vida, al otro lado de la cama, miraba a esa carita de ángel por construir o de demonio por descubrir mientras acariciaba los suaves pómulos y besaba los rubios cabellos de la primeriza.
Había alguna extraña fuerza que les mantenía pegados y que aglutinaba sus palabras tornándolas silencios que, daban por seguro, comprendían los tres.

Podéis leer el texto completo aquí: Imagen Parto

Déjame que…

Pescallunes

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Déjame que te hable del vuelo aparentemente sin rumbo de las mariposas.
Que te cuente que los colores translúcidos de sus alas son reflejos del polvo que las recubre.

Déjame inventar un cuento de hadas en el que el príncipe aparezca al final, cuando la princesa ya sea dueña del castillo.
Que te explique que los reinos no son sólo de piedra y tierra.

Déjame que te recite versos que nadie ha escrito, hasta que el peso de la voz marque tus sueños o el papel.
Que te envíe poemas con otras firmas, para que me sientas con otras manos.

Déjame que, a falta de saber inventarte con carboncillo, te desdibuje con luz.
Que redibuje mis deseos cerca de tu piel.

Déjame que te envuelva en silencios.
Que te guarde bajo las sábanas.

Déjame que …

…deja que eche de menos tus labios…
…y que dude si por tus besos o tus sonrisas.

Notas en el aire

Rosa roja

La música del piano suena de fondo, en su imaginación puede ver las notas escapando del marfil de las teclas y esquivando las hábiles manos del artista. Tras una breve danza en el aire, se posan sobre el suelo convirtiéndose en alfombra floral.

Sentado en el suelo, con los brazos rodeando las rodillas, casi puede sentir la humedad aterciopelada de los pétalos. Se pregunta por qué no puede ser siempre todo tan luminoso, con los colores rellenando estampas de postal, la música calma inundando el alma. Y es que siempre que las letras escapan de su pluma están empapadas de oscuridad.

Un melancólico violín le da la respuesta:

Cómo evitar la tétrica melodía de los días, cómo evitar la niebla en la mirada, cómo olvidar el frío de esa noche eterna…
… si no puedo empujar las horas a tu lado, compartir tus sueños y habitar tu piel…

Recuerdos sepia

De repente, un olor se introduce aleteando en tu nariz. Redibuja el cielo, bastante más azul de lo que era hace unos segundos. Sobre el murmullo de la ciudad se eleva una melodía suave. Los edificios y el propio aire adquieren un tono arenoso, como si los recuerdos se filmaran en sepia.

No hay duda, es el sutil aroma de su perfume. Sabes que no está aquí y, sin embargo, te traslada a otro tiempo. Vuelves a mirar con los ojos de ayer. Te descubres admirando la belleza impregnada en las cornisas de los edificios y lamentas no llevar una cámara para inmortalizarlos tal y como los ves ahora, tal como los veías antes.

Y no te das cuenta, que tú mismo estas inmerso en una escena de película. Tan breve, que podría ser fotografía. Una fotografía titulada Tus recuerdos son en sepia.

 

Para una persona tan especial, como lo es ser consciente

de la belleza que hay en el mundo. Feliz cumpleaños.

 

Jardín del olvido y la memoria

Olvida el color del asfalto, aquí todo es de un verde perenne. Salpicado aquí y allá por diminutas flores de los colores que el arco iris olvidó.

No, no es un sueño. Estamos aquí de verdad, en los jardines de la memoria. La calma y la armonía del lugar quedaron atrapadas en algún rincón del recuerdo. Como nosotros. Algo nuestro también se quedó allí, para siempre.

Y es bonito pensarlo, en aquel lugar estaremos siempre juntos, como espíritus o sombras, como sueños o fantasías materializadas, como las fragancias de las flores tras la ventana, como esencias que se niegan a salir de su frasco…

En el jardín del olvido podremos ser, ser eternamente.
Al jardín de la memoria podremos volver, recordando, eternamente.

En el jardín del olvido y la memoria, podremos ser eternamente, sin tener que volver a ninguna parte. Ser. Ser, lo que aquí no podemos.

Construyendo deseos

En el restaurante, frente a ti, tú miras la decoración. Aprovecho para mirar la cascada de luz sobre tu cabello. Mientras convierto el pelo en seda y la luz en piel, me sacas de mis ensoñaciones con una sonrisa en la boca.

Restaurante

-Minimalista, me gusta.

No sé si me habrás visto mirarte, pero te enciendes un cigarro como si no te importase. El tiempo transcurre apacible, como aquellos sueños en los que los pies son viento que fluye sobre el agua. Te distraes mirando las mesas cercanas, ninguna parece tener tan buena historia…

-¿Han decidido qué desean cenar?

Te has dejado las gafas en casa y he tenido que pedir por ti. Me pone algo nervioso tener la responsabilidad de escoger lo que comerás, pues apenas nos conocemos, pero intento esconder esa vergüenza explicándote cómo conocí ese local. Tus ojos siguen la conversación atentamente, pero tu sonrisa me dice que me ves algo tenso e intentas tranquilizarme. Y lo consigues.

-Disculpen. “Gyuniku no tataki” y “agedashi dofu”. Buen provecho.

Mientras descubres los aromas que escapan danzando del plato, vuelvo a tu cabello. Me hechiza. Siempre me ha impresionado la habilidad de los colores oscuros para brillar en ciertas circunstancias, pero tu cabello es simplemente magia. Cae liso, como un pedazo de cielo de luna nueva por el que navegasen las estrellas.

Empezamos a cenar y, tras unos instantes, retomamos la conversación. Mis ojos vuelven a posarse sobre los tuyos, tu mirada me tranquiliza. De algún modo me están diciendo que estás a gusto, no hay rastro de nerviosismo o temor, tal vez sí de curiosidad.

Entre bromas y conversaciones inconexas, terminamos el primer plato. Te enciendes otro cigarrillo, esta vez te acompaño. Tu sonrisa tiene tanto de esos sueños que tras despertar se quedan como fantasía, como cuento de hadas, ya de por vida…

-”Sushi”, nueve variedades, para compartir.

La imaginación despliega sus oníricas alas. No era nada planeado, pero hay una sucesión de imágenes que cabalgan desbocadas por mi mente. Veo los palillos de madera chocando entre sí para robar el uno al otro un pedacito de comida. Los veo forcejear, juguetear olvidándose de la comida, que nunca fue el motivo. Los dedos se rozan sin intención y sin excusa. Y vuelven a hacerlo, cargados de intención y sin culpa. Las manos se acarician. Te levantas, a medio camino del pasillo que va hacia el baño, te das media vuelta y me lanzas una mirada que no requiere explicaciones…

Me preguntas cómo cogerlo. Las imágenes desaparecen. Lo malo de los sueños y las fantasías es que, al despertar, se desvanecen sin dejar que te aferres a la estela de humo que dejan tras de sí. Lo bueno, es que también se pueden construir con el deseo.

-Coge los palillos así. Ahora pon un palillo a cada lado del arroz. Ya lo tienes, ¿y si te lo quito?

Y los palillos entrechocan. Y los dedos se rozan. Y las manos se acarician…

para seda-azul, mi deseo

Nueva etapa

Bienvenidos a la nueva etapa de La senectud de Linmer.

Todos los textos y comentarios han sido trasladados a este nuevo espacio.

Además también salen a la luz otros textos que no habían sido editados en dicho blog por varios motivos. Para acceder a ellos, pulsad el botón superior llamado “textos analógicos” (o este mismo enlace).

En lo que respecta al blog, seguirá como hasta ahora, es decir, publicaré cuando tenga algo que crea que merece la pena. Pero también habrá algunas novedades como, por ejemplo, el uso de las categorías para las publicaciones que no sigan la temática central del blog. En concreto, siempre que hable sobre el blog usaré la etiqueta “meta”.

Espero que os gusten los cambios introducidos. Sino, ya sabéis, para eso están los comentarios ;)

¡Hasta pronto!

Dicen que mis letras están llenas de sombras, que soy demasiado joven, que la vida es demasiado corta. Dicen tantas cosas…

Y yo que me callo que la tinta siempre fue oscura; que no todos los viejos llegan a ancianos; que a veces, la vida, simplemente es…

(*) cortesía de zinkx

Sentado sobre la arena de cualquier playa. La arena, esa tierra que abrió los ojos y se propuso limpiar el alma, ser más pura, ganar la levedad.

Aquí, sentado con la arena, en cualquier playa. Espero desde hace horas (ella lleva quizá la eternidad), que las espumosas crines me hablen. Espero que, en ese lento y premeditado suicidio contra las rocas, me escriban. Con la propia sal que se les derrama de las heridas, me escriban.

No sé qué esperará ella, sigue conmigo. Bajo todos estos pensamientos, a mi lado, detrás, casi tan omnipresente como el mar que se empeña en callar frente a nosotros. Pero más presente.

Mientras se sostiene el silencio de las olas, me pregunto qué puede esperar ella, la arena. Una vez limpia, pura y leve, qué puede esperar.

Un susurro, quizá una broma de la brisa. No, es una palabra. Sobre el espigón, colección ordenada de rocas grises, ancladas por perder el orden. Una mancha de cristales blancos sobre el pétreo gris.

Viento.

Las olas me dicen “viento”. Y yo esperaba un nombre, una dirección, un color, cualquier cosa para orientar mi vida. Vuelvo a sentarme sobre la playa, gris cemento. La arena se fue, siquiera sin despedirse, aunque yo tampoco la saludé al llegar, habíamos contemplado juntos tantos testigos mudos…

Quizá eso esperaba la arena, “viento” para dirigir sus pasos, pues aún con tanta levedad, el ser no puede arrastrar al alma.

Quizá es, más bien, que por tanta levedad, el ser no puede arrastrar al alma.

No sé, pero seguro que no lo descubriré, anclado a la orilla de cualquier mar.

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