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Manolo y Manuel (V)

Manolo llegó al portal de Cynthia a las nueve y diez. Como no quería parecer impaciente, se acercó al bar de la esquina, se sentó en un taburete de la barra y pidió un agua con gas. Al cabo de quince minutos llamó al timbre de Cynthia.

-¿Sí? -Hola Cynthia, soy Manolo…

-Bajo enseguida.

Manolo esperó los dos minutos que tardó Cynthia pegado al cristal, esperando ver la luz de la escalera.

-Estás radiante.

-Gracias. Aunque siempre dices lo mismo, ya no sé si creerte.

-Es que sueles estarlo, pero esta noche especialmente. Espera un segundo, voy a parar un taxi.

El taxi les dejó en la puerta del Orillas del Danubio a los pocos minutos. Guardaron sus abrigos, los llevaron a la mesa y tras tomar nota los volvieron a dejar a solas.

-Podría cenar aquí mil veces más y nunca me cansaría.

-Por eso quería celebrarlo aquí, sé que te gusta.

-Lo que me gusta más es el motivo de hoy. Es magnífico, me alegro tanto por ti…

-Sí, es una gran oportunidad, espero que todo salga bien. Lo cierto es que está todo casi a punto, el corrector ya ha dado el visto bueno.

A lo que Cynthia respondió con una simple sonrisa. Aunque una sonrisa como la de Cynthia difícilmente se podría calificar de simple. Para Manolo su sonrisa era el disparador para que toda esa legión de mariposas que revoloteaban por su estómago cuando ella estaba cerca alzasen el vuelo. Él sabía que probablemente era más que evidente su interés por ella, pero también sabía que ante una mujer así sólo podía presentarse con la más absoluta claridad como tarjeta. Por primera vez en su vida sentía que el universo lo estaba tratando bien y quería aprovechar el momento. Esta noche se iba a aventurar, sería completamente sincero con ella.

Manuel paró para reflexionar. ¿Se proponía escribir algo tan triste desde el principio? Estaba claro que todo parecía irle bien a Manolo, pero aún no sabía que Cynthia ya tenía otros planes. En cualquier caso, le daba cierta envidia que a su personaje le fuese tan bien en ese momento, era una sensación tan agradable que se preguntaba por qué el destino no le había concedido ese lugar a él.

Bien podría escribir una historia con final feliz, no era esa tontería de que los personajes toman vida ni nada por el estilo lo que no le permitía replantearse la trama. Manuel sabía que las historias felices no venden, la felicidad es algo que se imagina, que se sueña, pero ni la imaginación ni los sueños son algo por lo que se pueda cobrar, eso lo sabía desde pequeño.

-Yo…

-Escucha Manolo, tengo algo que decirte…

-Dime, de repente pareces seria.

-Es que es algo importante. Me voy. El martes.

-…

Manolo no sabía aún a que se refería Cynthia, pero de repente se desvanecía toda su seguridad, toda la confianza con la que la iba a abordar con ese “Yo…”. De acuerdo, quizá no fuera mucha seguridad, pero era toda la que él tenía. Y de repente, con ese “Me voy”, se resquebrajaba su mundo incluso antes de que le contaran exactamente por qué.

-… ¿A dónde?

-A Jordania.

-¿Vacaciones entonces?

-No. Tú sabes que siempre he sido reservada sobre mi vida privada, hasta es posible que nunca te haya contado a qué me dedico, pero es que eso no importa. La cuestión es que no se por cuanto tiempo voy a estar fuera, tal vez sean sólo seis meses, quizá un par de años, aún no lo sé. No me gustan las despedidas, pero quería que tú lo supieras, eres de las pocas personas en mi vida que merecen una explicación.

No es que se le hundiese el mundo, es que le estaba explotando. “Sólo seis meses” y lo decía así, como si no fuesen nada. Como si Manolo no la necesitase para mantener la cordura, o tal vez para alimentar la locura que es ser escritor. Cynthia no era su musa, era el amor de su vida, no podía perderla antes de decirle lo que tenía planeado decir esa noche. ¿Pero cómo hacerlo después de oír ese “Me voy” sin aderezar? Aunque por otra parte, le animaba saber que era importante en su vida, como había entendido de su última frase.

-Te has quedado mudo. Entiendo que te sorprenda. Pero hay veces que hay que seguir las oportunidades cuando surgen, tú lo debes entender mejor que nadie. Hay que darlo todo cuando…

-Cynthia, yo…Ehm… Antes, quería decirte una cosa… Pero ya no sé cómo. Es decir, antes lo sabía, qué y cómo pero ahora…

-Te escucho.

Cynthia dejó sobre la mesa la copa de vino de la que estaba a punto de beber, para dar énfasis a que tenía toda su atención. Sabía de su timidez y quería ponerle las cosas fáciles. Manolo aprovechó para dar un sorbo de valor en su copa de agua.

-Cynthia… Yo quería decirte que para mi no eres solo una amiga. Tú has sido mi motivo para escribir durante todo este tiempo. No me refiero a mi musa, eso son tonterías. Me refiero a que si me he atrevido a dedicarme en serio, a poner todos los huevos en la cesta, ha sido por ti. Supongo que estarás pensando que uno espera un discurso más poético de un escritor. Pero ya ves, la improvisación no deja más lugar, son tantos sentimientos encontrados que una palabra atropella a otra y… Lo que quiero decir, es que tú me has dado el valor, pero no por tus ánimos como amiga. Me has dado el valor que necesitaba porque quería impresionarte. Quería demostrar que podía ser todo aquello que tú decías que era. Quería ser tu héroe. ¿Qué absurdo, verdad? Infantil, cuanto menos. Pero creo que a estas alturas ya sabrás que si quería llegar a ser algo era por ti. Porque te quiero. Pero con todo su significado. Porque te quiero a mi lado, siempre, más de lo que haya podido querer cualquier otra cosa, cualquier otra persona…

-Manolo…

-Dime, creo que ya no tengo mucho más que decir, por tu cara creo que lo has entendido perfectamente.

-No entiendo por qué has escogido este momento, precisamente este.

-Hace mucho tiempo que debí haberlo hecho, es cierto, pero no me puedes culpar de querer decírtelo antes de que te vayas. Ya lo tenía planeado, solo es que te me has adelantado con la noticia de tu marcha. Creo que es mejor que olvidemos el asunto.

Ahora habían cambiado los papeles. El rostro de Cynthia ya no era un lago en calma, estaba visiblemente turbada. Se sentía en un callejón sin salida. No quería hacer daño a Manolo, pero no había vuelta atrás, no podía quedarse en esa ciudad que estaba ahogando sus sueños.

Manolo, en cambio, había tomado las riendas de la conversación, no necesitaba una respuesta. De hecho, no había formulado ninguna pregunta. Pero estaba claro por la cara de Cynthia que no era correspondido. Manolo se sentía como un animal dentro de su jaula, al que miran con cariño pero con lástima. Y no iba a permitir que Cynthia lo viera desmoronarse, ya había estropeado la noche, no quería hacerla pasar por eso.

-Manolo, sabes que para mi eres muy importante… Pero me voy el martes, eso no va a cambiar.

-No te he pedido que no te vayas. Solo quería que lo supieras.

Tras largos silencios y algunas frases sin importancia, la cena y la conversación acabaron ahí, con el eco de una frase tan estúpida como esa. “Te quiero, tenías que saberlo, adiós”. Si Manolo algún día superaba aquello, tal vez hasta pudiera reírse.

Decidieron volver paseando hasta casa de Cynthia, dejando de lado la conversación, fingiendo que no había existido. Largos silencios, paso corto, en una noche fría para la piel y el corazón.

-Hemos llegado…

-¿Nos veremos antes de que te vayas?

-Probablemente no.

-Entonces… suerte.

La besó en la mejilla mientras pronunciaba “suerte”. Quizá nunca antes a Cynthia le habían deseado algo con tanta sinceridad, con tanto amor, y que le hiciese tanto daño.

Manolo separó la cara y mientras se separaba, durante un segundo, se quedó quieto, mirándola fijamente. Cualquier enamorado podría pensar que estaba deseando besarla. Algún poeta podría pensar que estaba grabando su rostro en la memoria, para no perderla jamás. Pero Manolo simplemente se dio media vuelta y se alejó lentamente.

Y no miró atrás, porque ella nunca lo hacía. Quería demostrarle que aunque se fuera, ella no sería un recuerdo que se fuese ajando con el tiempo. Ella se había mezclado con él. Que podría sobrevivir con lo aprendido de ella. Pero se había mezclado tan irremediablemente, que sentía que las mariposas de su estómago morían a medida que se alejaba. Morían, junto a los sueños de Cynthia, ahogados todos por aquella ciudad.

Unos cuantos veranos ya pasaron desde que te besé por última vez. Muchas noches fueron necesarias para poderte olvidar, perderte en el más recóndito rincón de mi memoria.

Difícil fue superar todo esto, pero me doy cuenta que el principal problema no ha sido la herida que costó cicatrizar ni ahogar los recuerdos en los güisquis de los antros más mugrientos. Ahora me doy cuenta que contigo perdí el poder volver a enamorarme, me lo robaste y en algún lugar yace, inalcanzable para cualquiera e irrecuperable por mí.

No te guardo rencor porque ya te olvidé, aún así no puedo evitar pensar que si no hubiera besado tus labios tendría en mis manos el poder volver a enamorar.

*Aclaración: para los que no me conocen, es un hecho del pasado ya superado pero que de alguna forma me ha cambiado tanto que he dejado de creer en poder enamorarme, muchas chicas han pasado cerca de mía pero inconscientemente hacia otro lado he mirado. Incapaz de sentir, tal vez sea un castigo merecido.

(*) Nuevamente es un amigo anónimo el que escribe, a partir de ahora todos los textos escritos por otros autores serán incluídos en la categoría “invitado”.

Manolo y Manuel (IV)

Volando

-Viajes Condor, ¿dígame?

-Buenos días, soy Cynthia Vergara. Llamé ayer por un vuelo a Jordania para la semana próxima.

-Buenos días Srta. Vergara. Ya recuerdo, ¿era sólo de ida, verdad?

-Así es.

-Bien, pues tenemos una plaza disponible para el vuelo del martes, está en pasillo, en la zona de las alas.

-Esa misma servirá. ¿Puedo pasar esta tarde a recoger el billete? ¿Aceptan tarjeta, verdad?

-Por supuesto, y sí que aceptamos tarjetas, pero sólo de crédito. Le recuerdo que cerramos a las 20h, pero si lo prefiere se lo podemos enviar por mensajero.

-No, no será necesario, gracias. Hasta la tarde.

-Gracias a Vd., Srta. Vergara. Adiós y buenos días.

Carta

Querida Marta,

han pasado dos años, tal vez tres, y sigo sin saber de ti. Al principio me molestó que tus últimas palabras fueran “te llamo luego y quedamos mañana”. Pero no era la primera vez que lo hacías, lo de incumplir una cita, lo de desaparecer sin dejar rastro.

Esta vez incluso llegué a preocuparme, no tengo forma de contactar contigo y si te hubiese pasado algo nunca podría saberlo. Es una sensación compleja: una cosa es añorar a alguien que no está, pero eso de no saber si lo has perdido, no sabes si guardar como un tesoro los recuerdos o acumulando rencor por la indeseada ausencia.

Pero el tiempo no son sólo anocheceres perdidos, la piel que envuelve los sueños también se va curtiendo, al final nos acostumbramos a hacer balances hasta de las emociones. Por eso te escribo, Marta, porque las malas experiencias también son emociones al fin y al cabo, porque la rutina ya se encarga de poner la monotonía que nos hace creer estables.

Así, un día como hoy me levanté pensando que me faltabas tú, aunque pueda parecer extraño. Y que necesitaba decírtelo, aunque sea absurdo porque no sé cómo localizarte. Me enseñaste a realizar los deseos, más allá de la razón o la conveniencia, por mucho que yo me revelase a esa idea.

Jaque-mate, has ganado. Como siempre. Sólo que, esta vez, ni siquiera estás para saberlo. Esta vez, perder ni siquiera tiene sentido.

El meu núvol (*)

Se sentia el murmuri de sempre. A aquelles hores tots estàvem massa adormits per petar la xerrada. L’únic que desitjàvem era anar avançant parada rere parada per no fer massa tard.Per la resta era un pur tràmit, i fins feia un temps també ho era per mi. Ara, però, tot havia canviat.

Cada matí iniciava el viatge cap al meu anhelat futur. Esperava amb impaciència el moment en que el veuria aparèixer per la porta. En els minuts següents no em cansava d’observar-lo. I somiava… somiava… somiava…

Imaginava el tacte de la seva pell, la seva olor, la seva veu… Buscava la seva mirada i quan finalment la trobava en fugia ràpidament. Era tan feliç en el meu núvol…

Un moment! Què passava? On era la seva entrada triomfal? S’hauria adormit? Estaria malalt?

Però l’endemà tampoc va aparèixer. Ni l’altre, ni l’altre… I així va ser com aquell que, sense saber-ho, havia d’envellir al meu costat, s’esvaí per sempre, sense previ avís. Tornava a estar sola.

(*) Texto aportado por otra persona que también prefiere ser anónima

Si pudiera pedir un deseo sin dudar desearía ser otra persona, solo por un día, para poder seducirte sin miedo a que se estropee nuestra amistad. Para poder por fin besar tu piel bronceada por el sol de la playa. Acariciar tu pelo y enredarme en ellos para que no te escaparas nunca de mi era. Tumbada en la arena, tu silueta se desvanece como un espejismo cuando intento alcanzarte.

Si pudiera ser otra persona por un día, tal vez dejara ser espectador de tu película, en la que no hay papel para mí, dónde los protagonistas pasan por delante mía y yo no tengo oportunidad de actuar. Quiero dejar de ser parte del público, actuar en tu vida, pero eso es imposible, soy el viejo amigo que un día se equivocó al jugar las cartas que el destino le repartió y tatuado en mi frente el nombre de espectador. Solo puedo esperar que tu película tenga un final feliz, aunque sea de lo más amargo para mí. Me quedaré sentado al margen, comiendo palomitas que se atragantan a su paso por mi garganta, con sabor a derrota y exceso de arrepentimientos.

(*) Texto invitado de un colaborador anónimo

Manolo y Manuel (III)

camino

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-Me gustaría celebrarlo invitándote a cenar al Orillas del Danubio.
-Ya sabes que es mi restaurante favorito. ¿Cómo podría negarme?
-¿Te recojo a eso de las nueve y media?
-Estupendo.

A Manolo se le estaban abriendo las puertas del cielo y se le notaba en la expresión de la cara. Tenía una sonrisa de esas de satisfacción conocedora de que lo mejor está por llegar.

-Disculpa Manolo pero se me está haciendo tarde, tengo que hacer unas gestiones.
-No te preocupes, me alegra que hayas podido venir. Entonces, te recojo mañana a las nueve y media.

Cynthia dio dos besos a Manolo, se dirigió a la barra para pagar las dos consumiciones y salió del local contoneándose tal como había llegado.

Manolo se quedó absorto mirando como se alejaba, como su cabello, que caía más allá de la mitad de su espalda, se balanceaba al paso de sus rotundas caderas. Tan absorto, que no escuchaba nada de lo que sucedía a su alrededor.

-Disculpe, le preguntaba si había terminado con el periódico.
-Ah… sí. Perdóneme. Aquí lo tiene.

Cuando volvió a mirar hacia la puerta, Cynthia ya había desaparecido. Aunque estaba seguro de que no se habría girado para mirar atrás, ella nunca lo hacía.

Manolo y Manuel (II)

cafe

Cynthia, al ver a Manolo, comenzó a caminar hacia su mesa contoneándose para que nadie pudiera evitar percatarse de su presencia.

-No, esto no me gusta. Demasiado largo, los lectores buscan una acción más rápida.

Manuel, que regresaba de su almuerzo, empezaba a captar ciertos detalles que le serían muy útiles en un futuro. Era cierto que sus lectores querían una escritura más dinámica. No en vano, los libros de Manuel eran como el porno de la novela romántica: directos, bruscos y sin ningún rastro de sensibilidades. Probablemente por ello su público era mayoritariamente masculino, las mujeres suelen tener mayor gusto para las artes.

-Reescribiré su entrada… Lo anoto al margen que sino me bloqueo.

-Hola, ¿Qué tal? ¿Hace mucho que esperas?
-…Hola. No, sólo cinco minutos. Bien… ¿y tú?
-Bien, gracias. Es que había tráfico.

Es innegable que Manuel deja una gran huella autobiográfica en sus personajes, pero los titubeos de Manolo son prácticamente una fotografía de Manuel cuando conoció a Marta, su ex-mujer. Aquello fue una historia tortuosa, primero de amor, luego de constantes malentendidos y decepciones, pero siempre muy dolorosa. Por suerte para ambos, aunque Manuel aún no piense lo mismo, terminó hace tres veranos. Fue entonces cuando Manuel se atrevió a dedicarse en exclusiva a sus novelas, más motivado por el despido de la redacción donde trabajaba que por un acto de valentía.

-Estás muy guapa hoy.
-Siempre me dices lo mismo…
-…Pero es que es cierto.
-Bueno, ¿qué es eso tan importante que querías contarme?
-Es… Es que estoy algo nervioso, aún no es algo seguro…
-Pero cuéntamelo igualmente hombre, que veo que te hace muchísima ilusión.
-Pues la verdad es que sí. Bueno… allá va: Me han llamado de la editorial Satélite, que quieren publicar mi próxima novela.
-¡Eso es magnífico! ¿Pero aún no la tienes terminada, verdad?
-No, pero dicen que les interesa captar a lectores como los míos, que no son muy habituales y que confían en que la proxima novela tenga una aceptación similar a las anteriores.

-Disculpen, ¿qué les apetece tomar?
-Dos cafés, uno con sacarina, por favor.

Manolo no solía tomar la iniciativa, de hecho era la primera vez que pedía por ella, pero la conocía bien y la excitación por el asunto de la editorial lo había envalentonado. En ese momento, Manolo se dio cuenta de lo que acaba de hacer y se sonrojó ligeramente al mirar a Cynthia pidiendo su aprobación. Ella no pudo reprimir la carcajada.

-¿Te ríes de mí? No me importa, estás preciosa cuando ríes.

Manuel jamás se hubiera atrevido a decirle eso a Marta cuando la conoció, de su personaje lo único que era real era sonrojarse. Manuel se sonrojaba y mantenía largos silencios, ya fuera escuchando a Marta o simplemente por no saber realmente que decir. Quizá por eso empezó su historia, a ella le encantaba que supiera escuchar y le parecía tan tierno ese rubor continuo. Tampoco era real que una editorial tan importante se hubiese interesado por él, pero en sus libros podía soñar libremente a través de sus personajes, o eso creía.

Manolo y Manuel

cafe

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No sé si soy al único que le pasa, pero las horas en las cafeterías son muchísimo más rápidas.

-Céntrate Manuel, que esa es peor introducción que la de la Biblia, que ya es decir.

Manuel, cincuentón por vocación y escritor por obsesión. Hablaba solo, como de costumbre, mientras buscaba el modo de comenzar su última novela. Última y primera, pues en su vida había pasado de las cuatro páginas de algún cuento mediocre, de esos que no sirven ni para calzar la mesa de la cocina.

Manolo esperaba a Cynthia en el Café de la Catedral. Fumaba un cigarro mientras jugaba con el servilletero de la mesa que le tenían reservada todas las tardes.

-Sí, eso sí. Esta vez funciona, esta vez no me rechazarán en la editorial…

Seguía con su monólogo intentando recibir los ánimos que nadie más le brindaba, sin importarle saber que su otro yo le estaba mintiendo, que ambos sabían que aquel iba a ser otro fracaso de no más de quince párrafos incoherentes y desmembrados.

Manuel se había hecho a sí mismo, quiero decir, que nadie le había explicado al pobre diablo lo decadente de ponerle nombres extranjeros a las protagonistas femeninas, como si eso por sí mismo las hiciese sensuales. Es evidente que tampoco había reparado en que, de los pocos amigos que tenía y de los menos que seguían sus andanzas literarias, todos atribuirían el nombre del protagonista a un intento de reescribir la propia biografía o, peor aún, a una incipiente esquizofrenia.

Desde su mesa había una vista magnífica del paseo de la Alameda, pero estaba tan acostumbrado a ella que prefirió ojear el periódico local. Cynthia llegaba en ese momento, impuntual como siempre, llevaba una gabardina cerrada color hueso y unas botas negras con unas medias del mismo color. El resto quedaba a la imaginación.

-Es hora de comer, será mejor que lo deje.

¿De verdad creerá Manuel que una gabardina y unas botas son suficientes para provocar una escena de tensión sexual? Habrá que esperar a que vuelva de comer para saber si con las páginas va mejorando…

Lugares

Hay lugares idílicos.

Lugares en los que se respira paz.

Hay que buscarlos bien, pero suelen estar muy cerca de ti.

Lugar

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