23 de marzo – tarde
Te he besado al salir de la cafetería. Lo habrás notado, no sabía si hacerlo, no estaba seguro. De acuerdo que sea un chico tímido, pero sólo había miradas, no me habías dado ninguna pista más, a ratos parecías tan ausente… Pero no te lo reprocho, ni mucho menos, solo quiero decir que no es que no quisiera hacerlo antes, es que no quería precipitarme.
Ha sido mágico, incluso antes del beso, sentía un magnetismo nuevo. Un vértigo que me abocaba irremediablemente a tus labios. Un corazón desbocado que circulaba junto a la sangre, que iba despertando cada rincón de mi cuerpo, haciendo que tomase conciencia del tamaño de mi miedo. Y tanto deseo de besarte que las manos no llegaban nunca a tomarte las mejillas, las yemas de los dedos ávidas de contacto con tu piel.Y luego el beso, tan dulce y tan suave que tenía miedo de que tus labios se derritieran al rozarlos.
Luego la cena, en ese antro tan íntimo, que escogiste sin miedo a equivocarte. Me sorprendió mucho, sabías que no me fijaría en el sospechoso color amarillento de las paredes sino en la iluminación de las velas. Vale, también me fije en ello, pero no te equivocaste, aquel lugar tenía el encanto de la noche, de los susurros, de los sueños temblorosos.
El paseo por la bahía, cogidos de la cintura… ¿Sabes? Te sentía como parte de mí, como si esa otra mitad siempre hubiese tenido que estar ahí pegada, agarrada por la cintura, tapando el frío del viento y los años de soledad. Nos sentamos sobre la arena de la playa, aún no sé por qué te lo cuento, si tu estabas allí, pero supongo que para colocarte en contexto. El caso es que, mientras estabamos en la playa y me contabas que cuando necesitabas pensar ibas allí para que el crepitar de las olas te ordenase las ideas, yo pensaba que ya lo sabía, que te había imaginado cientos de veces junto a aquel mar infinito que empezaba justo bajo tus pies.
Sin que me diera cuenta, estabamos en la puerta de mi hotel, recuerdo que pensé si era casualidad o sí me habías conducido hasta allí hábilmente. Lo cierto es que espero que fuera lo segundo, pero dudo que tenga importancia. Era como si nuestro encuentro lo estuviese dirigiendo un relojero, todas las piezas encajando en el momento preciso, sin sobresaltos, un extraño vals desconocido, al menos para mí.
Sabes lo que sucedió después. No lo narraré por miedo a que las palabras desgasten los recuerdos de lo que me hiciste sentir, hasta convertir lo que fue un sueño en un recuerdo que se pueda anclar en el pasado. Quiero que la noche de ayer siga siendo un sueño, un sentimiento más que un recuerdo, que pueda acompañarme en el viaje de regreso, que pueda rellenar las ventanas de mi vida para poderte sentir al otro lado del cristal a pesar de volver a estar lejos.
Me he despedido de ti en el andén, yo me llevo el sueño y a ti te he dejado el cuaderno que tienes entre las manos, mi diario, que siempre escribí para ti, aunque aún no supiera exactamente por qué. Ahora lo sé. Lo escribí porque era la única forma de prometerte que volveriamos a vernos, la única forma en la que sonase creíble. Porque si, a pesar de todo, sigo siendo un desconocido, podrás leer mis pensamientos, saber lo que sentí. Saber que el que tuviste delante no es un desconocido cualquiera, sino que volverá para dejarse conocer, durante toda una vida si es preciso.

