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Pasaron un par de horas en la cafetería, charlando, sin darse cuenta de que el café se les enfriaba y la luz del sol se les escurría calles abajo. Aunque, bien pensado, podrían haber calentado el café con las miradas que se dedicaban, alternativamente, cuando uno u otro se distraía.

Claro que él parecía no darse cuenta de la tensión que había entre ellos, del ambiente que les envolvía. Sus miedos seguían sujetándolo. En algún lugar aún estaba el adolescente que fue no hace tanto, agazapado. Andrea, que tenía más claras las cosas, se resistía a ser ella la que pusiera la primera piedra. Así pasaron un par de horas en la cafetería, charlando, como si tuvieran una vida que contarse, la que les faltaba por vivir juntos.

Salieron de la cafetería, él acompañó la puerta. Ella lo esperó. Él se dio la vuelta, sin esperarlo. Y, se encontraron frente a frente, tan cerca, que tuvieron que sentir sus alientos abrazarse. Se miraron a los ojos. Los de Andrea no podían significar ninguna otra cosa, y él decidió cerrar los suyos y avanzar esos escasos centímetros que los separaban. La besó, no con el ímpetu de las películas, sino con la ternura de la primera vez. La primera vez que descubres que el miedo no era al beso, sino a separarte cuando acabe.

La besó, quizá por eso, con ternura y con paciencia, despacio, como construyendo algo, como diciéndole todas aquellas palabras que no terminaban de aflorar nunca en las conversaciones, revelándole todos aquellos miedos. Y al separar sus labios, la volvió a besar, porque algunas palabras siempre traen eco.

Hoy ha pasado algo que hacía tiempo que veía acercarse lentamente, aunque con paso firme y decidido.

Hoy, queridos lectores, habéis superado la cifra de los quinientos comentarios, cosa que me hace muchísima ilusión.

Nunca he celebrado los años de vida del blog, aunque tenga ya su tiempo (setiembre de 2004, para más señas). No me parecía un hecho destacable. Un día decidí hacerlo, lo monté y ya está. Eso no tiene mérito.

Pero llegar a los quinientos comentarios, eso sí que tiene mérito. Todo aquel que se haya paseado por aquí alguna vez sabrá que nunca he sido demasiado regular en mis posts, que mis sombras a veces se atascan durante meses y el blog queda más a oscuras que nunca.

Y a pesar de ello, a pesar de las lagunas, de las ausencias, de las sombras, muchas veces más tristes de lo que a muchos os gustaría, habéis continuado acompañando a esta tortuga digital, motivándola en su viaje, viviendo a medias pedacitos de sueños.

Gracias. Gracias de corazón, no podéis imaginar lo que me aportáis.

500

Y para suavizar el discurso y hacerlo más ameno, os mostraré cuál ha sido el comentario que ha hecho la cifra redonda:

que le coma que le coma!!!!
(DavidG, 20 de Marzo de 2009 a las 10:41)

Y lo más increíble es que es lo que parece, no es por estar sacado de contexto. Así que recordad niños, tened cuidado con lo que decís, nunca se sabe cuando las palabras de uno van a quedar esculpidas en la dura roca de la historia. ;)

21 de Marzo – Tarde


Ahora estás en el servicio, me has traído a una cafeteria con aires de antaño. Un espacio cálido, de paredes forradas con maderas oscuras. En un rincón, una máquina enorme de tostar café, casi un museo.

Quizá te resulte extraño que te hable directamente si es mi diario pero, como ya te he dicho, tengo muy claro que lo leerás, así que no quería desperdiciar la oportunidad de hablarte cara a cara, de esta otra forma. Espero que no me malinterpretes, lo que viene a continuación son mis primeras impresiones, en ningún momento pretendo ofenderte y estoy seguro de que la percepción cambiará a medida que avance el día. Allá va:

Ella me esperaba en una estación como de película en blanco y negro. Un lugar idílico para una despedida, aunque aquello fuera más bien un encuentro. La noté algo fría y distante. Parecía no hacerle ilusión, quizá me euivoque. Ojalá me equivoque. Tal vez fueran los nervios, los mismos que yo creía no tener y que me hicieron sentir como un flan a cada paso que daba hacia ella. Un flan llevado por un camarero con cojera.

Vuelves sonriente, eso me tranquiliza, pero tendré que dejar aquí la historia, veamos que pasa ahora.


Andrea, así se llamaba ella, regresó del servicio. Sonreía pensando en la situación: dos desconocidos, frente a frente, que sin embargo hacía meses, tal vez hasta un año, que hablaban a diario. Y ahora era incapaz de tener con el una conversación fluida. Sonreía, porque tenerle por fin allí le hacía feliz.

Este capitulo sitúa la historia del otro lado, mismo narrador, pensamientos de ella.


El tráfico era anormalmente fluído para la tarde de un viernes, había llegado media hora antes a la estación, así que decidió acortar la espera en la cafetería de la propia estación.


-¿Será tan encantador también en persona? Odio a los hombres poco resueltos, que se guardan la gallardía para aquellas cosas que conocen bien y no son capaces de tomar las riendas ante los imprevistos. Por otra parte, si es capaz de venir hasta aquí, algo querrá decir ¿no?

-¿Le hago esperar un poco? Que asco de camarero, desde que me he dado la vuelta no deja de mirarme el escote a través del espejo, si tú me ves el escote yo te veo como babeas, idiota, al menos podrías disimular un poco.

-Se acerca la hora, ¿si no estoy a gusto cómo le digo que me tengo que ir? El pobre lleva varias horas de viaje sólo por conocerme, no puedo simplemente decir que tengo otro compromiso…


El tren llega a paso lento, con esa extraña ceremonia de las cosas inexorables. Él la reconoce primero, se acerca con paso seguro. Ella se queda en el sitio, observándolo. No dejan de mirarse el uno al otro, como si los ojos de ambos fueran los extremos de un sendero imaginario. Cuando está a solo un metro de ella, deja la maleta en el suelo y le dedica una sonrisa, posiblemente el saludo más encantador que puede esperarse de un desconocido.


-¿Tendré que tomar yo la iniciativa…?


Él acompaña la sonrisa con un aterciopelado “Por fin nos conocemos” y se acerca para darle dos besos antes de que ella pueda contestar. Luego le pregunta si lleva mucho esperándole.


-Se ha decidido, y además su colonia invita a morderle el cuello… Toda la vida, llevo esperandote toda la vida.


Y sin embargo responde que no, que apenas lleva unos minutos. Se da media vuelta y comienza a caminar, él se pone a su lado y le pregunta a dónde van,  como si eso importase…

Había resucitado su diario, justo a tiempo para rellenarlo de los sentimientos que ella le suscitaba. Necesitaba dejar constancia de cómo veía el mundo. Por primera vez en su vida, había belleza en cada lugar en el que miraba. Era como en las fotografías de las revistas, todo tenía un halo de luminosidad que invitaba a la contemplación profunda.

La conoció hace unos meses, poco a poco fueron intimando, hasta que se les hizo inevitable encontrarse. Ahora él iba a visitarla. Varias horas de traqueteo en tren y él seguía sonriendo, alternando entre mirar a través de los cristales arañados y escribir en su diario. Parecería feliz observando, si no supieramos que su felicidad era algo más profundo, motivado por cosas más bellas que lo que acontece en su ventana.

Una bandada de pájaros sobrevuela un campo de trigo, las amapolas salpican el paisaje y una nube parece acompañarlos. Se diría que realmente todo es tan bello como él lo ve.

21 de Marzo

Soy consciente de estar escribiendo sólo por acortar las horas. Me resulta extraño, no estoy tan nervioso como esperaba. Es más, se diría que no estoy nervioso.

Miro por la ventana, el paisaje se va dibujando entre los postes de la luz, que lo cortan en pedacitos, viñetas de un campo verde.  Voy a conocerte al fin, y se diría que ni siquiera estoy expectante.

Contigo, desde el principio, todo ha sido un juego de luces y sombras. Sombras que me ibas arrancando con las luces de tu sonrisa, de tu mirada… aunque no pudiera ver tus labios, ni tus ojos… Espero que no pienses que estoy loco por hablarte a través de un diario, es que ya hace tiempo que decidí regalártelo, por eso sé que lo leerás, tarde o temprano, aunque no se produzca el encuentro.

La conversación intrascendente de una pareja de ancianos me distrae. ¿En eso nos convertiremos? Me debato entre pensar que cuando dos personas se conocen tan profundamente, durante tantos años, las palabras se pueden derramar vanamente; o pensar que nunca tuvieron nada interesante que decirse. Ese pensamiento es tan triste, como absurdo el afán que tenemos en dar un valor especial a cada instante, a cada palabra.

Te preguntarás por qué decía antes que lo leerías aunque no se produjese el encuentro. Puedo no estar nervioso, pero sé que algo así suscita dudas. Voy a tu encuentro, tú deberías estar yendo a mi espera. Dentro de escasos minutos nos encontraremos por primera vez. O eso espero.

Tumbado sobre sus propios pensamientos, ladeado para contemplar las nubes enmarcarse en su ventana, se preguntaba como podía haber tanta belleza inalcanzable en este mundo. Esas nubes eran pedacitos de algodón flotando sobre la nada, mientras todo el peso de la realidad los separaba.

Recordaba su viejo diario, aquella libreta pequeña y gruesa, de tapas granates, donde años atrás había llorado tantos sueños a medias que nunca se acababan de cumplir.  Tal vez fuese hora de resucitarla.

Lo he titulado cuento de San Valentín ahora, a decir verdad, por rellenar. Pero el siguiente texto es de mediados de 2004. Sin más preámbulos, os dejo con él:

Máquina de escribir antigua

Un gris retazo de cielo es aún más triste a través del frío cristal de una habitación a oscuras. Una canción puede desgastar más allá de los oídos.

Así pasaba las horas Moisés, dejando que los recuerdos lo devorasen, convirtiendo en despojo su ya maltrecha razón. Los días, monótonos. La vida, vacía. Y la existencia, absurda. Ese era su sentir al ver, sentado en la cama con la pared como respaldo, las nubes pasar frente a su ventana.

Mientras Moisés parecía luna nueva, Lidia era Sol de mediodía. Tal era su diferencia. Cómo no va a ser optimista quien irradia la vida. Quién encerraría, en un presidio como el de Moisés, tanta ternura como Lidia emana.

Ambos eran incapaces de pensar que sus caminos podrían cambiar repentinamente. Y mucho menos entrecruzarse. Pero el azar no rinde cuentas a nadie. Nada sabían el uno del otro, pero fue ese misterio ante lo desconocido lo que hizo mágico el encuentro.

No se conocen todos los colores del arco iris hasta ver sus miradas enlazarse a través del éter. No se descubre la auténtica luz hasta asomarse al interior de sus ojos. Nadie siente el temor con tanto deseo como sus labios.

Moisés sueña despierto, o así lo cree. Sueña con una tibia brisa susurrando, mientras el áureo astro acaricia su piel. Es el rostro de Lidia quien dibuja su sueño, fiel reflejo de un dulce amanecer.

Las grises nubes pasaron a ser, a medida que las conversaciones entre ellos se sucedían, blancos pedazos de esperanza. Pared y ventanas desaparecieron del mundo que él veía. Las fuerzas que antaño lo anclaran se convertían en alas que lo llevarían en pos de la sublime expresión. Cada mañana despertaría descubriéndose feliz en cada espejo, escuchándose cantar bajo los árboles, suspirando ante el recuerdo de sus labios.

Y llegó el día. Tumbados, buscando en el cielo lo que anhelaban el uno del otro. Intentando escucharse los pensamientos. Sintiendo el poder de la gravedad entre sus bocas. Resucitando sus aletargadas lenguas con cálido contacto. Redefiniendo el placer de la humedad ajena. Forjando los segundos con los pétalos de su historia.

Tras la breve inmortalidad, abrieron los ojos y comenzaron a labrarse el camino que los llevase al primigenio paraíso que ese día crearon.

Sombras al amanecer.

Amanece.

Las sombras coquetean con las esquinas, como de costumbre a estas horas.

Tal vez no lo sepas, pero hoy habrá luz para ti. Estará en alguna esquina, intentando zafarse de las sombras.

Mañana tal vez vuelva a amanecer, pero ¿por qué vas a arriesgarte a comprobarlo?

Manolo y Manuel (V)

Manolo llegó al portal de Cynthia a las nueve y diez. Como no quería parecer impaciente, se acercó al bar de la esquina, se sentó en un taburete de la barra y pidió un agua con gas. Al cabo de quince minutos llamó al timbre de Cynthia.

-¿Sí? -Hola Cynthia, soy Manolo…

-Bajo enseguida.

Manolo esperó los dos minutos que tardó Cynthia pegado al cristal, esperando ver la luz de la escalera.

-Estás radiante.

-Gracias. Aunque siempre dices lo mismo, ya no sé si creerte.

-Es que sueles estarlo, pero esta noche especialmente. Espera un segundo, voy a parar un taxi.

El taxi les dejó en la puerta del Orillas del Danubio a los pocos minutos. Guardaron sus abrigos, los llevaron a la mesa y tras tomar nota los volvieron a dejar a solas.

-Podría cenar aquí mil veces más y nunca me cansaría.

-Por eso quería celebrarlo aquí, sé que te gusta.

-Lo que me gusta más es el motivo de hoy. Es magnífico, me alegro tanto por ti…

-Sí, es una gran oportunidad, espero que todo salga bien. Lo cierto es que está todo casi a punto, el corrector ya ha dado el visto bueno.

A lo que Cynthia respondió con una simple sonrisa. Aunque una sonrisa como la de Cynthia difícilmente se podría calificar de simple. Para Manolo su sonrisa era el disparador para que toda esa legión de mariposas que revoloteaban por su estómago cuando ella estaba cerca alzasen el vuelo. Él sabía que probablemente era más que evidente su interés por ella, pero también sabía que ante una mujer así sólo podía presentarse con la más absoluta claridad como tarjeta. Por primera vez en su vida sentía que el universo lo estaba tratando bien y quería aprovechar el momento. Esta noche se iba a aventurar, sería completamente sincero con ella.

Manuel paró para reflexionar. ¿Se proponía escribir algo tan triste desde el principio? Estaba claro que todo parecía irle bien a Manolo, pero aún no sabía que Cynthia ya tenía otros planes. En cualquier caso, le daba cierta envidia que a su personaje le fuese tan bien en ese momento, era una sensación tan agradable que se preguntaba por qué el destino no le había concedido ese lugar a él.

Bien podría escribir una historia con final feliz, no era esa tontería de que los personajes toman vida ni nada por el estilo lo que no le permitía replantearse la trama. Manuel sabía que las historias felices no venden, la felicidad es algo que se imagina, que se sueña, pero ni la imaginación ni los sueños son algo por lo que se pueda cobrar, eso lo sabía desde pequeño.

-Yo…

-Escucha Manolo, tengo algo que decirte…

-Dime, de repente pareces seria.

-Es que es algo importante. Me voy. El martes.

-…

Manolo no sabía aún a que se refería Cynthia, pero de repente se desvanecía toda su seguridad, toda la confianza con la que la iba a abordar con ese “Yo…”. De acuerdo, quizá no fuera mucha seguridad, pero era toda la que él tenía. Y de repente, con ese “Me voy”, se resquebrajaba su mundo incluso antes de que le contaran exactamente por qué.

-… ¿A dónde?

-A Jordania.

-¿Vacaciones entonces?

-No. Tú sabes que siempre he sido reservada sobre mi vida privada, hasta es posible que nunca te haya contado a qué me dedico, pero es que eso no importa. La cuestión es que no se por cuanto tiempo voy a estar fuera, tal vez sean sólo seis meses, quizá un par de años, aún no lo sé. No me gustan las despedidas, pero quería que tú lo supieras, eres de las pocas personas en mi vida que merecen una explicación.

No es que se le hundiese el mundo, es que le estaba explotando. “Sólo seis meses” y lo decía así, como si no fuesen nada. Como si Manolo no la necesitase para mantener la cordura, o tal vez para alimentar la locura que es ser escritor. Cynthia no era su musa, era el amor de su vida, no podía perderla antes de decirle lo que tenía planeado decir esa noche. ¿Pero cómo hacerlo después de oír ese “Me voy” sin aderezar? Aunque por otra parte, le animaba saber que era importante en su vida, como había entendido de su última frase.

-Te has quedado mudo. Entiendo que te sorprenda. Pero hay veces que hay que seguir las oportunidades cuando surgen, tú lo debes entender mejor que nadie. Hay que darlo todo cuando…

-Cynthia, yo…Ehm… Antes, quería decirte una cosa… Pero ya no sé cómo. Es decir, antes lo sabía, qué y cómo pero ahora…

-Te escucho.

Cynthia dejó sobre la mesa la copa de vino de la que estaba a punto de beber, para dar énfasis a que tenía toda su atención. Sabía de su timidez y quería ponerle las cosas fáciles. Manolo aprovechó para dar un sorbo de valor en su copa de agua.

-Cynthia… Yo quería decirte que para mi no eres solo una amiga. Tú has sido mi motivo para escribir durante todo este tiempo. No me refiero a mi musa, eso son tonterías. Me refiero a que si me he atrevido a dedicarme en serio, a poner todos los huevos en la cesta, ha sido por ti. Supongo que estarás pensando que uno espera un discurso más poético de un escritor. Pero ya ves, la improvisación no deja más lugar, son tantos sentimientos encontrados que una palabra atropella a otra y… Lo que quiero decir, es que tú me has dado el valor, pero no por tus ánimos como amiga. Me has dado el valor que necesitaba porque quería impresionarte. Quería demostrar que podía ser todo aquello que tú decías que era. Quería ser tu héroe. ¿Qué absurdo, verdad? Infantil, cuanto menos. Pero creo que a estas alturas ya sabrás que si quería llegar a ser algo era por ti. Porque te quiero. Pero con todo su significado. Porque te quiero a mi lado, siempre, más de lo que haya podido querer cualquier otra cosa, cualquier otra persona…

-Manolo…

-Dime, creo que ya no tengo mucho más que decir, por tu cara creo que lo has entendido perfectamente.

-No entiendo por qué has escogido este momento, precisamente este.

-Hace mucho tiempo que debí haberlo hecho, es cierto, pero no me puedes culpar de querer decírtelo antes de que te vayas. Ya lo tenía planeado, solo es que te me has adelantado con la noticia de tu marcha. Creo que es mejor que olvidemos el asunto.

Ahora habían cambiado los papeles. El rostro de Cynthia ya no era un lago en calma, estaba visiblemente turbada. Se sentía en un callejón sin salida. No quería hacer daño a Manolo, pero no había vuelta atrás, no podía quedarse en esa ciudad que estaba ahogando sus sueños.

Manolo, en cambio, había tomado las riendas de la conversación, no necesitaba una respuesta. De hecho, no había formulado ninguna pregunta. Pero estaba claro por la cara de Cynthia que no era correspondido. Manolo se sentía como un animal dentro de su jaula, al que miran con cariño pero con lástima. Y no iba a permitir que Cynthia lo viera desmoronarse, ya había estropeado la noche, no quería hacerla pasar por eso.

-Manolo, sabes que para mi eres muy importante… Pero me voy el martes, eso no va a cambiar.

-No te he pedido que no te vayas. Solo quería que lo supieras.

Tras largos silencios y algunas frases sin importancia, la cena y la conversación acabaron ahí, con el eco de una frase tan estúpida como esa. “Te quiero, tenías que saberlo, adiós”. Si Manolo algún día superaba aquello, tal vez hasta pudiera reírse.

Decidieron volver paseando hasta casa de Cynthia, dejando de lado la conversación, fingiendo que no había existido. Largos silencios, paso corto, en una noche fría para la piel y el corazón.

-Hemos llegado…

-¿Nos veremos antes de que te vayas?

-Probablemente no.

-Entonces… suerte.

La besó en la mejilla mientras pronunciaba “suerte”. Quizá nunca antes a Cynthia le habían deseado algo con tanta sinceridad, con tanto amor, y que le hiciese tanto daño.

Manolo separó la cara y mientras se separaba, durante un segundo, se quedó quieto, mirándola fijamente. Cualquier enamorado podría pensar que estaba deseando besarla. Algún poeta podría pensar que estaba grabando su rostro en la memoria, para no perderla jamás. Pero Manolo simplemente se dio media vuelta y se alejó lentamente.

Y no miró atrás, porque ella nunca lo hacía. Quería demostrarle que aunque se fuera, ella no sería un recuerdo que se fuese ajando con el tiempo. Ella se había mezclado con él. Que podría sobrevivir con lo aprendido de ella. Pero se había mezclado tan irremediablemente, que sentía que las mariposas de su estómago morían a medida que se alejaba. Morían, junto a los sueños de Cynthia, ahogados todos por aquella ciudad.

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