Manolo y Manuel (III)

29 06 2008

camino

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-Me gustaría celebrarlo invitándote a cenar al Orillas del Danubio.
-Ya sabes que es mi restaurante favorito. ¿Cómo podría negarme?
-¿Te recojo a eso de las nueve y media?
-Estupendo.

A Manolo se le estaban abriendo las puertas del cielo y se le notaba en la expresión de la cara. Tenía una sonrisa de esas de satisfacción conocedora de que lo mejor está por llegar.

-Disculpa Manolo pero se me está haciendo tarde, tengo que hacer unas gestiones.
-No te preocupes, me alegra que hayas podido venir. Entonces, te recojo mañana a las nueve y media.

Cynthia dio dos besos a Manolo, se dirigió a la barra para pagar las dos consumiciones y salió del local contoneándose tal como había llegado.

Manolo se quedó absorto mirando como se alejaba, como su cabello, que caía más allá de la mitad de su espalda, se balanceaba al paso de sus rotundas caderas. Tan absorto, que no escuchaba nada de lo que sucedía a su alrededor.

-Disculpe, le preguntaba si había terminado con el periódico.
-Ah… sí. Perdóneme. Aquí lo tiene.

Cuando volvió a mirar hacia la puerta, Cynthia ya había desaparecido. Aunque estaba seguro de que no se habría girado para mirar atrás, ella nunca lo hacía.



Manolo y Manuel (II)

30 03 2008

cafe

Cynthia, al ver a Manolo, comenzó a caminar hacia su mesa contoneándose para que nadie pudiera evitar percatarse de su presencia.

-No, esto no me gusta. Demasiado largo, los lectores buscan una acción más rápida.

Manuel, que regresaba de su almuerzo, empezaba a captar ciertos detalles que le serían muy útiles en un futuro. Era cierto que sus lectores querían una escritura más dinámica. No en vano, los libros de Manuel eran como el porno de la novela romántica: directos, bruscos y sin ningún rastro de sensibilidades. Probablemente por ello su público era mayoritariamente masculino, las mujeres suelen tener mayor gusto para las artes.

-Reescribiré su entrada… Lo anoto al margen que sino me bloqueo.

-Hola, ¿Qué tal? ¿Hace mucho que esperas?
-…Hola. No, sólo cinco minutos. Bien… ¿y tú?
-Bien, gracias. Es que había tráfico.

Es innegable que Manuel deja una gran huella autobiográfica en sus personajes, pero los titubeos de Manolo son prácticamente una fotografía de Manuel cuando conoció a Marta, su ex-mujer. Aquello fue una historia tortuosa, primero de amor, luego de constantes malentendidos y decepciones, pero siempre muy dolorosa. Por suerte para ambos, aunque Manuel aún no piense lo mismo, terminó hace tres veranos. Fue entonces cuando Manuel se atrevió a dedicarse en exclusiva a sus novelas, más motivado por el despido de la redacción donde trabajaba que por un acto de valentía.

-Estás muy guapa hoy.
-Siempre me dices lo mismo…
-…Pero es que es cierto.
-Bueno, ¿qué es eso tan importante que querías contarme?
-Es… Es que estoy algo nervioso, aún no es algo seguro…
-Pero cuéntamelo igualmente hombre, que veo que te hace muchísima ilusión.
-Pues la verdad es que sí. Bueno… allá va: Me han llamado de la editorial Satélite, que quieren publicar mi próxima novela.
-¡Eso es magnífico! ¿Pero aún no la tienes terminada, verdad?
-No, pero dicen que les interesa captar a lectores como los míos, que no son muy habituales y que confían en que la proxima novela tenga una aceptación similar a las anteriores.

-Disculpen, ¿qué les apetece tomar?
-Dos cafés, uno con sacarina, por favor.

Manolo no solía tomar la iniciativa, de hecho era la primera vez que pedía por ella, pero la conocía bien y la excitación por el asunto de la editorial lo había envalentonado. En ese momento, Manolo se dio cuenta de lo que acaba de hacer y se sonrojó ligeramente al mirar a Cynthia pidiendo su aprobación. Ella no pudo reprimir la carcajada.

-¿Te ríes de mí? No me importa, estás preciosa cuando ríes.

Manuel jamás se hubiera atrevido a decirle eso a Marta cuando la conoció, de su personaje lo único que era real era sonrojarse. Manuel se sonrojaba y mantenía largos silencios, ya fuera escuchando a Marta o simplemente por no saber realmente que decir. Quizá por eso empezó su historia, a ella le encantaba que supiera escuchar y le parecía tan tierno ese rubor continuo. Tampoco era real que una editorial tan importante se hubiese interesado por él, pero en sus libros podía soñar libremente a través de sus personajes, o eso creía.



Manolo y Manuel

2 03 2008

cafe

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No sé si soy al único que le pasa, pero las horas en las cafeterías son muchísimo más rápidas.

-Céntrate Manuel, que esa es peor introducción que la de la Biblia, que ya es decir.

Manuel, cincuentón por vocación y escritor por obsesión. Hablaba solo, como de costumbre, mientras buscaba el modo de comenzar su última novela. Última y primera, pues en su vida había pasado de las cuatro páginas de algún cuento mediocre, de esos que no sirven ni para calzar la mesa de la cocina.

Manolo esperaba a Cynthia en el Café de la Catedral. Fumaba un cigarro mientras jugaba con el servilletero de la mesa que le tenían reservada todas las tardes.

-Sí, eso sí. Esta vez funciona, esta vez no me rechazarán en la editorial…

Seguía con su monólogo intentando recibir los ánimos que nadie más le brindaba, sin importarle saber que su otro yo le estaba mintiendo, que ambos sabían que aquel iba a ser otro fracaso de no más de quince párrafos incoherentes y desmembrados.

Manuel se había hecho a sí mismo, quiero decir, que nadie le había explicado al pobre diablo lo decadente de ponerle nombres extranjeros a las protagonistas femeninas, como si eso por sí mismo las hiciese sensuales. Es evidente que tampoco había reparado en que, de los pocos amigos que tenía y de los menos que seguían sus andanzas literarias, todos atribuirían el nombre del protagonista a un intento de reescribir la propia biografía o, peor aún, a una incipiente esquizofrenia.

Desde su mesa había una vista magnífica del paseo de la Alameda, pero estaba tan acostumbrado a ella que prefirió ojear el periódico local. Cynthia llegaba en ese momento, impuntual como siempre, llevaba una gabardina cerrada color hueso y unas botas negras con unas medias del mismo color. El resto quedaba a la imaginación.

-Es hora de comer, será mejor que lo deje.

¿De verdad creerá Manuel que una gabardina y unas botas son suficientes para provocar una escena de tensión sexual? Habrá que esperar a que vuelva de comer para saber si con las páginas va mejorando…



Construyendo deseos

24 04 2007

En el restaurante, frente a ti, tú miras la decoración. Aprovecho para mirar la cascada de luz sobre tu cabello. Mientras convierto el pelo en seda y la luz en piel, me sacas de mis ensoñaciones con una sonrisa en la boca.

Restaurante

-Minimalista, me gusta.

No sé si me habrás visto mirarte, pero te enciendes un cigarro como si no te importase. El tiempo transcurre apacible, como aquellos sueños en los que los pies son viento que fluye sobre el agua. Te distraes mirando las mesas cercanas, ninguna parece tener tan buena historia…

-¿Han decidido qué desean cenar?

Te has dejado las gafas en casa y he tenido que pedir por ti. Me pone algo nervioso tener la responsabilidad de escoger lo que comerás, pues apenas nos conocemos, pero intento esconder esa vergüenza explicándote cómo conocí ese local. Tus ojos siguen la conversación atentamente, pero tu sonrisa me dice que me ves algo tenso e intentas tranquilizarme. Y lo consigues.

-Disculpen. “Gyuniku no tataki” y “agedashi dofu”. Buen provecho.

Mientras descubres los aromas que escapan danzando del plato, vuelvo a tu cabello. Me hechiza. Siempre me ha impresionado la habilidad de los colores oscuros para brillar en ciertas circunstancias, pero tu cabello es simplemente magia. Cae liso, como un pedazo de cielo de luna nueva por el que navegasen las estrellas.

Empezamos a cenar y, tras unos instantes, retomamos la conversación. Mis ojos vuelven a posarse sobre los tuyos, tu mirada me tranquiliza. De algún modo me están diciendo que estás a gusto, no hay rastro de nerviosismo o temor, tal vez sí de curiosidad.

Entre bromas y conversaciones inconexas, terminamos el primer plato. Te enciendes otro cigarrillo, esta vez te acompaño. Tu sonrisa tiene tanto de esos sueños que tras despertar se quedan como fantasía, como cuento de hadas, ya de por vida…

-”Sushi”, nueve variedades, para compartir.

La imaginación despliega sus oníricas alas. No era nada planeado, pero hay una sucesión de imágenes que cabalgan desbocadas por mi mente. Veo los palillos de madera chocando entre sí para robar el uno al otro un pedacito de comida. Los veo forcejear, juguetear olvidándose de la comida, que nunca fue el motivo. Los dedos se rozan sin intención y sin excusa. Y vuelven a hacerlo, cargados de intención y sin culpa. Las manos se acarician. Te levantas, a medio camino del pasillo que va hacia el baño, te das media vuelta y me lanzas una mirada que no requiere explicaciones…

Me preguntas cómo cogerlo. Las imágenes desaparecen. Lo malo de los sueños y las fantasías es que, al despertar, se desvanecen sin dejar que te aferres a la estela de humo que dejan tras de sí. Lo bueno, es que también se pueden construir con el deseo.

-Coge los palillos así. Ahora pon un palillo a cada lado del arroz. Ya lo tienes, ¿y si te lo quito?

Y los palillos entrechocan. Y los dedos se rozan. Y las manos se acarician…

para seda-azul, mi deseo